Nadie sabe por qué razón
altísima o no
mueven hasta aquí sus versos los grandes trovadores
yo no soy la multitud
pero mi estremecimiento quiere ser todos
frente a las palabras de esos hombres
que han atravesado los años para decirnos en fin sus amargas verdades.
Ciertas veces en que doblo mis sábanas
o me extasío en los ojos de mi mujer
y quiero decir Mercedes, Longina, decir Cecilia
termino parafraseando aquellos versos:
La luz que en tus ojos arde
también alumbra el camino
te busco encuentro un destino
si va muriendo la tarde
la luz que en tus ojos arde
Penetra a ver mil puertas
y yo entro bien alertas
el tiempo y el desespero
no me matan recupero
La fe y la luz despiertas.
Así cambian para mí las horas esas melodías
Y me estremezco y salgo y hablar como un poseso;
Buenas tardes Pepe, Corona, Matamoros
sean buenas las tardes de este mundo
y vean:
Sobre mis hombros
el mismo sol que hace un tiempo calentó sus manos
sobre mis hombros
otras horas lentas y los hombres muriendo
sobre mis hombros
el municipio y la provincia y el mundo tercos
sobre mis hombros
hablar y hablar y hablar vivir muriendo
sobre mis hombros
los hermanos huyendo a sus destinos en tablas
sobre mis hombros
la caída estrepitosa del muro ahora dudoso
sobre mis hombros
mi soledad y mi madre en recompensa
sobre mis hombros
la paz los peces las pasiones
sobre mis hombros
aquellos versos que no sé si María Teresa cantó a un hombre o a una isla: “Qué te importa que te ame” o el lamento de Sindo: “Ya yo no soy tan sensible” y el mío queriendo dar la sangre hirviente de mis arterias por verlos otra vez en esas calles. Ver a Luz la amantísima esposa, frente a la ventana donde el Padre de la Patria. Aún sin conocer su destino en ciernes, su vida increíble se detiene y canta:
“Y doblemos los dos la cabeza
Moribundos de dicha y amor”
Para que entonces
como en toda gran historia comience el primer verso
una vez más.

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