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Subí por O hasta ver un Habana Libre que comienza a  desvencijarse, tomé L y me sumé al gentío que a plena mañana hace vida en la capital cubana y ya en 23 pude ver un grupo sospechoso de tiñosas que revoloteaban por las letras que sobre el enorme edificio anunciaban la libertad que le arrebataron al Hilton hace tanto tiempo.

La caminata fue virulenta bajo el sol de un invierno al cual casi es factible hacerle trueque de v por f, porque para no andar mellando tanto la economía caminé hasta que G se convirtió en  Bolleros y luego de atravesar parqueo y matorrales de ese gran trozo de hierro llamado ciudad deportiva, vi por primera vez el centro Juan Marinello.

Entré para escuchar a un panel dilucidar sobre los consumos culturales en Cuba, y cuando trepé las escaleritas que nos separaban de la calle, me encontré en una sala oscura, con computadoras apagadas  micrófonos fantasmas y una muchacha de piel blanquísima hablando sobre educación para la comunicación, a su lado otras dos muchachas defendían el tema y un grupo de jóvenes escuchaba atento, y preguntaba de manera casi mortal sobre cada cosa.

En el encuentro se citaron estudios sobre quién es el espectador cubano y si es o no culto, cuestión que quedó descuartizada porque los muchachos arremetieron sobre el punto de que era demasiado pretencioso (casi un sacrilegio) adjudicar cultura al conocimiento de las bellas artes, mientras alguno que otro adjudicó a lo que conocemos como liviandad a una opción legítima de cada individuo.

Las muchachas del panel se escucharon conocedoras del tema, tenían buen material e iban desde la familia hasta las instituciones culturales encargadas de llevar las riendas de la Tv cubana  y con el sueño de hacerla mejor, pero entre mordiscos de lenguas se veía que había un gran muro imposible de cruzar, un fantasma que apenas cabe en estas letras, el ser que define cómo hacer.

La mayoría soltó su experiencia en una discusión elegante y profundísima, como era de esperar no había allí un solo periodista que pusiera en nuestro sagrado noticiero la noticia, ni un solo decisor; nadie de rango, de modo que otra vez la conversación quedaba entre curiosos y estudiantes que solo parecían hacer catarsis porque la mayoría afirmaba haber dejado de ver televisión.

De radio no se habló nada, como si no existiera y me molestó que le dieran poca importancia a las ventas ¨piratas¨ de discos, los movimientos del llamado paquete, las parabólicas o las flash, pero igual creo que por lo menos en esta enorme ciudad una veintena de estudiantes citando a Canclini, Barbero o Bordiú tratan de encontrar la luz que ha perdido la pantalla en Cuba, ojalá la encuentren , aunque la verdad a ellos mismos no les llegaba, la electricidad digo, porque también faltaba en esa sala, solo al final terminó el apagón pero estábamos todos a punto de salir al gran cráneo ahumado de alucinaciones donde se cuece la novela de nuestras vidas y hasta el Noticiero Nacional.

 

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