A. William Vivanco, Eduardo Sosa, Alfredo Mojena, Ernesto Rodríguez y Yanil por todas las canciones compartidas.

I.

Lo he escuchado en la radio nacional

y he corrido a no creerlo de un golpe

para que la canción bajara a esos rincones

donde el recuerdo no pierde los contornos.

No sé exactamente si eran Sindo  y Güarionex

el locutor  en el instante

en que el oído busca los placeres

perdió el hilo de sus palabras

o los perdí  yo que en definitiva es la misma cosa

pero según lo que han guardado hasta este momento mis ansias

de amar y seguir por siempre los sonidos

Sindo Garay una tarde  en que el sol caía de plano en su guitarra

escribió de un  golpe su Perla Marina.

eso lo escuché en la radio nacional

y la verdad en mi memoria no encuentro otros nombres que los de Sindo y Güarionex

Cantando:

“Tú eres el ángel con quien yo sueño”.

Deben haber sido ellos

porque desde entonces

jamás he olvidado esa canción

y yo soy de los que rara vez

Guarda alguna cosa.

II

Para suerte nuestra aún quedan bardos en esta isla

y se plantan tras sus cuerdas a hacerse leyendas

y dicen que ostentosos.

A mis amigos y a mí

poco nos importan sus fortunas

pero  nos duele verlos pálidos

con las manos apuñaladas en las historias que     cuentan los que una vez usaron sus nombres para llamarlos discretamente.

A mis amigos y a mí nos atrapan esas melodías

donde los cantores ponen sus vidas en juego

y atan la belleza palabra tras palabra

en una larga cadena de estertores

cuánto puede un corazón si se alza certeramente

no hablo de camisas abiertas y la mano hundida hasta las diástoles

hablo de un corazón cuya envoltura

sabe hacer letra a letra la grandeza

hablo de esos bardos que surgen entre leyendas

y que para suerte nuestra aún quedan en esta isla

a mis amigos y a mí nada nos importan sus males

sólo aguardamos pacientes

a que de una vez de comienzo

La próxima canción.

III

Seguramente han escuchado estas dos palabras

bandido

Valera

Juntas

Describen a un hombre

que esparció su sangre por estas tierras donde repartió bueyes y palabras

del mismo modo en que tejía  sus leyendas

y veía los días sumarse a los mortales días de noviembre.

No sé exactamente la fecha

pero sé que los ardores de Sindo y el bandido estuvieron juntos

fue en Yerba de Guinea

el bardo echaba al aire su Clave a Maceo

mientras los comensales bajaban sus copas desde el olvido a las espaldas de las masas.

Ahí entra el badido

Sindo no siente como se estremecen las orillas del pánico

es por eso que dice Antonio Maceo en su clave única

mientras los otros se quedan exactamente donde los sorprendió el miedo

el hombre entra se traga su alcohol mira al bardo

y le echa cien pesos en la boca de su guitarra

para que repita, por favor, esa canción

Una vez más.

IV.

Nadie sabe por qué razón

altísima o no

mueven hasta aquí sus versos los grandes trovadores

yo no soy la multitud

pero mi estremecimiento quiere ser todos

frente a las palabras de esos hombres

que han atravesado los años para decirnos en fin sus amargas verdades.

Ciertas veces en que doblo mis sábanas

o me extasío en los ojos de mi mujer

y quiero decir Mercedes, Longina, decir Cecilia

termino parafraseando aquellos versos:

La luz que en tus ojos arde

también alumbra el camino

te busco encuentro  un destino

si va muriendo la tarde

la luz que en tus ojos arde

Penetra a ver mil puertas

y yo entro bien alertas

el tiempo y el desespero

no me matan recupero

La fe y la luz despiertas.

Así cambian para mí las horas esas melodías

Y me estremezco y salgo y hablar como un poseso;

Buenas tardes Pepe, Corona, Matamoros

sean buenas las tardes de este mundo

y vean:

Sobre mis hombros

el mismo sol que hace un tiempo calentó sus manos

sobre mis hombros

otras horas lentas y los hombres muriendo

sobre mis hombros

el municipio y la provincia y el mundo tercos

sobre mis hombros

hablar y hablar y hablar vivir muriendo

sobre mis hombros

los hermanos huyendo a sus destinos en tablas

sobre mis hombros

la caída estrepitosa del muro ahora dudoso

sobre mis hombros

mi soledad y mi madre en recompensa

sobre mis hombros

la paz los peces  las pasiones

sobre mis hombros

aquellos versos que no sé si María Teresa cantó a un hombre o a una  isla: “Qué te importa que te ame” o el lamento de Sindo: “Ya yo no soy tan sensible”  y el mío queriendo dar la sangre hirviente de mis arterias por verlos otra vez en esas calles.  Ver a Luz la amantísima esposa, frente a la ventana donde el Padre de la Patria. Aún sin conocer su destino en ciernes, su vida increíble se detiene y canta:

“Y doblemos los dos la cabeza

Moribundos de dicha y amor”

Para que entonces

Como en toda gran historia comience el primer verso

Una vez más.

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