He vuelto cumplir 11 años, en mi otra vida, en esta de la radio. No había podido escribirlo antes de tanta Cuba en mi vida y tanta vida cubana pero ahora puedo decirlo de un tirón: tengo once años con mi programa Cable a tierra y con esta edad adolescente siento el chorro trozar el aire y caer lejos, como diría mi abuelo.

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En este tiempo han pasado por mis pocos minutos que era una hora y luego media, sábado antes, domingo luego, pero ahí, decía, han pasado desde Tony PInelly hasta Luis Alberto Barbería, Son 14 o Humberto Manduley y claro está Joaquín Borges Triana.

11 años de susto radial porque no llega el invitado, de discusiones por quitar o no una palabra de una entrevista, sosiego a veces y saltos de alegría con los premios que han sido varios, 11 años de amor y escuchando a Fito pedir que no dificultes la llegada del amor y no lo hemos hecho ni Milena Michel, Darián Hernández, Luis Fong, Salvador Virgilí, Alexander Tejeda, Maylin Ross, Adolfo Vicente, Gertrudis Yáñez o los emergentes que han pasado y a sabiendas de que pasaron, que conste.

Tiempo que agradezco a mi casita radial en un lugar rotundo llamado Songo- La Maya, entre Guantánamo y Santiago de Cuba, un sitio que no entendía en gran medida el sonido de ciertos cantores, pero que por suerte se abre más y deja rodar por los 105. 5 megahertz todos los sonidos posibles . A eso hemos contribuido en este tiempo.

Por lo dicho siento que soy un adolescente, aunque el almanaque se empeñe en negarlo tengo 11 años y salto como un niño. La radio tiene esas cosas

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